En su obra La Ciudad de Dios, San Agustín muestra una visión revolucionaria de la historia, en la que la providencia se entiende como la acción continua y omnipotente de Dios en los asuntos humanos. Además, explora la lucha entre dos realidades opuestas: la Ciudad de Dios y la Ciudad terrenal
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Pocos hombres de fe pueden igualar la estatura de San Agustín de Hipona. No fue solo un eminente teólogo, obispo, filósofo y doctor de la Iglesia, sino también un genio que dedicó su extraordinaria sensibilidad e inteligencia al servicio de la fe. Además de su papel sacerdotal, Agustín fue un orador y escritor capaz de crear algunas de las obras más profundas e intensas que la literatura eclesiástica y universal haya conocido. Su grandeza como hombre y pensador también deriva del largo y tortuoso camino que lo condujo a la fe, narrado en las Confesiones, una de sus obras más célebres: un relato consciente y emotivo, y uno de los textos religiosos más conmovedores, aún capaz de despertar conciencias hoy en día. La Ciudad de Dios (latín: De Civitate Dei) es una de las obras más importantes de San Agustín, escrita entre los años 413 y 426 d.C. Es una obra teológica y filosófica que pretende responder a preguntas fundamentales sobre el destino de la humanidad y el significado de la historia. La obra se desarrolla en 22 libros y trata temas como la justicia, el mal, la providencia divina y la relación entre la Iglesia y el Estado.

San Agustín de Hipona: filósofo, obispo y teólogo
Pocos hombres de fe pueden compararse con San Agustín de Hipona. No sólo fue un gran teólogo y obispo…
¿Qué sostiene Agustín en la Ciudad de Dios?
En los primeros diez libros de La Ciudad de Dios, San Agustín se dedica a defender el Cristianismo de las acusaciones de los paganos, quienes atribuían al cristianismo la causa de la decadencia del Imperio Romano. Agustín desmonta estas acusaciones demostrando que los males de Roma no están relacionados con la nueva fe, sino que son el resultado de la corrupción y la decadencia moral que habían afligido a la sociedad romana durante mucho tiempo. Por ello, la obra también se conoce como De civitate Dei contra Paganos. En la primera parte, el autor examina además las cuestiones sociales y políticas de su tiempo, criticando la idolatría y la corrupción moral que, según él, minaban los cimientos del Imperio. La Ciudad de Dios fue escrita en un período de gran crisis para el Imperio Romano. En el año 410 d.C., Roma fue saqueada por los Visigodos, un hecho que sacudió profundamente al mundo romano. Muchos paganos atribuían esta catástrofe al abandono de los antiguos dioses en favor del Cristianismo. San Agustín, obispo de Hipona, escribió La Ciudad de Dios para responder a estas acusaciones y ofrecer una visión cristiana de la historia y la sociedad.

En La Ciudad de Dios, San Agustín también se detiene a hablar del Imperio Romano, que para él representa una de las más altas expresiones de la Ciudad Terrenal, la ciudad que vive «según la carne» y se fundamenta en el amor al poder, la gloria y la dominación. Asocia el origen del Imperio Romano con el fratricidio de Rómulo, que recuerda al primer fratricidio bíblico de Caín contra Abel. Este evento, tanto simbólico como histórico, encarna la naturaleza violenta y ambiciosa que caracteriza a la Ciudad Terrenal. Sin embargo, Agustín no condena al Imperio Romano como intrínsecamente malvado. Reconoce que el Estado tiene la tarea de mantener el orden y garantizar el bienestar temporal de sus ciudadanos. El Imperio Romano, con su ley y su orden, desempeñó un papel en preservar cierta estabilidad y proteger a las personas de los peores males de la anarquía y la barbarie. Además, Agustín cree que el Imperio Romano tuvo un papel en el plan providencial de Dios. La expansión del Imperio facilitó la difusión del Cristianismo, permitiendo que la fe llegara a rincones del mundo que, de otro modo, habrían permanecido inaccesibles. En este sentido, el Imperio sirvió, inconscientemente, a un fin superior y espiritual.

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San Agustín ve al Imperio Romano como una entidad temporal destinada a desaparecer, como todas las demás potencias terrenales. Él distingue entre la paz terrenal, que el Imperio puede ofrecer, y la paz eterna de la Ciudad de Dios, que es el único verdadero fin de la existencia humana. La grandeza del Imperio Romano, aunque admirable en términos mundanos, no puede competir con la gloria eterna que corresponde a los ciudadanos de la Ciudad Celestial.
¿Qué afirma San Agustín?
En los otros doce libros, Agustín centra la atención en el tema de la salvación del hombre y en su visión revolucionaria de la historia. La visión de la providencia y de la historia de San Agustín ha contribuido a modelar la comprensión cristiana de la historia como una narración significativa y orientada, en la que cada acontecimiento ocupa un lugar dentro del plan divino. Esta interpretación ha tenido una influencia duradera en la teología cristiana y en la filosofía de la historia, especialmente en la concepción medieval del tiempo y en el pensamiento posterior.
La Ciudad de Dios y la Ciudad terrenal
Agustín explora la lucha entre dos realidades opuestas: la Ciudad de Dios, creada con los ángeles y habitada por los justos movidos por la caridad, y la Ciudad terrenal, fundada por Caín y poblada por hombres que solo buscan el predominio los unos sobre los otros. En la práctica, cada hombre puede elegir en vida si vivir «según la carne» o «según el espíritu», y el resultado de esta elección, realizada por todos los seres humanos desde tiempos inmemoriales, ha dado lugar a la guerra eterna entre las dos ciudades, la Terrenal y la Celestial. La primera representa la comunidad de los fieles destinados a la salvación eterna, guiados por el amor a Dios; la segunda simboliza a aquellos que viven según los deseos terrenales y están destinados a la condenación. En esta parte de la obra, Agustín ofrece una visión de la historia humana como una batalla entre el bien y el mal, destinada a resolverse en el Juicio Universal, cuando la Ciudad de Dios triunfará definitivamente. Hasta entonces, las dos ciudades seguirán coexistiendo, indistintas y mezcladas entre sí.

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En La Ciudad de Dios, Agustín también proporciona un escaneo de la historia de la humanidad desde sus orígenes hasta el futuro. La historia humana se divide en seis épocas, cada una de las cuales corresponde simbólicamente a los seis días de la Creación descritos en la Biblia. Estas épocas representan el desarrollo de la historia según un plan providencial que conduce al Juicio Universal y a la separación definitiva entre la Ciudad Terrenal y la Ciudad Celestial. Por lo tanto, según San Agustín, la historia humana se desarrolla según un plan divino, desde el pecado original hasta la redención final.
- de Adán al Diluvio Universal: Esta época comienza con la creación del hombre, Adán, y termina con el Diluvio Universal en tiempos de Noé. Es el período del nacimiento de la humanidad y de las primeras manifestaciones del pecado original.
- del Diluvio Universal a Abraham: Después del diluvio, la humanidad se regenera a través de la descendencia de Noé. Este período culmina con la llamada de Abraham, que marca el inicio de la historia del pueblo elegido.
- de Abraham a David: Esta época comprende la historia de los patriarcas, el éxodo de Egipto, el asentamiento en la Tierra Prometida y concluye con el reinado de David, el primer rey que logró unir todas las tribus de Israel bajo una única monarquía.
- de David al Cautiverio Babilónico: Comienza con el reinado de David e incluye el período de la monarquía israelita y la posterior división del reino. Concluye con el cautiverio babilónico, cuando el pueblo judío es exiliado a Babilonia.
- del Cautiverio Babilónico al Nacimiento de Cristo: Esta época abarca el período de retorno del exilio, la reconstrucción del Templo y se extiende hasta el nacimiento de Jesucristo, quien representa la encarnación del Verbo y el inicio de la redención de la humanidad.
- del Nacimiento de Cristo al Fin del Mundo: La última época comienza con el nacimiento de Cristo y continúa hasta su regreso al final de los tiempos. Es el período de la Iglesia, durante el cual la humanidad vive en espera del Juicio Universal, que separará definitivamente la Ciudad de Dios de la Ciudad Terrenal.
San Agustín ofrece así una visión lineal de la historia, en contraste con la visión cíclica típica de las culturas paganas. Ve la historia como un recorrido con un inicio (la creación del mundo y del hombre), un punto central (la encarnación de Cristo) y un final (el Juicio Universal, cuando las dos ciudades —la Ciudad de Dios y la Ciudad Terrenal— serán separadas para siempre). Esto marca el fin del tiempo y el inicio de la eternidad.
La providencia y el mal según San Agustín
Para San Agustín, la providencia es la acción continua y omnipotente de Dios en la historia humana. Cree que Dios gobierna el mundo con infinita sabiduría, guiando cada acontecimiento hacia un fin preestablecido. Nada ocurre por casualidad; incluso los hechos que parecen caóticos o malignos forman parte del plan de Dios y contribuyen, de forma misteriosa, al bien final.
En cuanto al concepto de mal, todo lo que existe ha sido creado por Dios, y puesto que Dios es sumamente bueno, todas sus creaciones son buenas. El mal, por lo tanto, no puede ser una sustancia creada por Dios, ya que ello implicaría que Dios, siendo bueno, hubiera creado algo perverso. Agustín define el mal como una carencia o disminución del bien en algo que debería ser bueno. Es la ausencia de orden, armonía o justicia, más que una presencia positiva. No es una creación de Dios, sino una consecuencia del libre albedrío del hombre. Sin embargo, Dios también utiliza el mal para llevar a cabo sus fines benéficos. La providencia es, por tanto, la expresión de la bondad divina que guía el curso de los acontecimientos hacia la salvación de la humanidad.

















