Santa Teresa de Lisieux y el milagro de las rosas

Santa Teresa de Lisieux y el milagro de las rosas

Santa Teresa de Lisieux, que murió a los veinticinco años, después de pasar buena parte de su vida en la clausura, nos dejó un modelo de espiritualidad único y un ejemplo que todavía se sigue en todo el mundo.

¿Qué hace a un santo tan especial? Una definición difícil de resumir en pocas líneas, sin caer en la banalidad, o incluso en el error. Consultando cualquier diccionario leeremos que, en el ámbito de la Iglesia Católica, “santo” es un hombre o una mujer que supo vivir siguiendo el ejemplo de Jesús y que durante su vida dio prueba de las virtudes cristianas hasta el punto de anular o incluso sacrificar su existencia en nombre de su fe. ¡Qué hombres y mujeres excepcionales deben ser estos santos, casi héroes! Entonces pensamos en Santa Teresa de Lisieux, una chica nacida y criada en Normandía, en una familia como muchas otras, que entró en las Carmelitas a una edad muy temprana y murió a los veinticinco años. ¿Cómo ha podido esta joven mostrar tales y tantos dones para justificar su consagración y, sobre todo, la gran veneración de la que todavía es objeto?

Pero hay más.
Santa Teresa de Lisieux no es una santa simple. Es venerada como la patrona de los misioneros, y también es una de las santas patronas de Francia con Santa Ana, la madre de la Virgen María y Juana de Arco. Además, desde 1997 es la tercera mujer proclamada Doctora de la Iglesia, junto con Catalina de Siena y Teresa de Ávila, título atribuido únicamente a quienes han sabido mostrar una excepcional iluminación y una sensibilidad teológica en sus escritos, pero sobre todo en la vida.

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¿Qué hace a esta chica tan especial? Descubrámoslo juntos.

La historia de Santa Teresa de Lisieux

La historia de Santa Teresa del Niño Jesús, o Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz, no parece la historia de una mujer excepcional. Nacida en el seno de una familia cariñosa y muy devota, sufrió pérdidas y lutos desde temprana edad, en primer lugar, el de su madre, que la abandonó cuando tenía tan sólo cuatro años. No obstante, creció rodeada del amor de su padre y sus cuatro hermanas, demostrando un inusual impulso de amor por Jesús desde una edad temprana.

Nacida en Alenzón, Normandía, en 1873, se trasladó a Lisieux tras la muerte de su madre. Aquí fue educada por las monjas benedictinas, demostrando su carácter tímido, melancólico y poco llevado a la vida colectiva.
Cuando su hermana mayor Paulina decide unirse a la orden de las Carmelitas, Teresa también siente que podría ser feliz como monja. Tras una terrible enfermedad, de la que se recupera gracias a las oraciones dirigidas a la Virgen María, la chica recibe la Primera Comunión, lo que confirma su intención de dedicar su propia vida a Jesús.

Pero tendrá que esperar y enfrentarse a las perplejidades de sus familiares, preocupados por su joven edad y mala salud. Al final, irá en peregrinación a Roma, suplicando al Papa León XIII para que le permita tomar los votos. A los quince años ingresó en el mismo monasterio donde ya vivían dos de sus hermanas y luego de completar el período de postulantado y noviciado a los diecisiete y medio, tomó los votos solemnes y asumió el nombre religioso de Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz.

Teresa murió el 30 de septiembre de 1897 sin haber salido nunca del monasterio. Sus últimas palabras fueron: ” Dios mío, te amo”. En los pocos años que pasó entre las monjas escribió una obra autobiográfica, la Historia de un alma, todavía hoy uno de los textos fundamentales de la espiritualidad universal, así como numerosos poemas, obras de teatro, oraciones y cartas.

Fue canonizada en 1925 por el Papa Pío XI.

La teología de la “pequeña vía”

Pero ¿de qué hablan las obras dejadas por Santa Teresa? Es fundamental comprender en qué consistía su doctrina, ya que es precisamente en ella donde reside la razón última de su santidad. Como ya hemos mencionado, desde pequeña Teresa mostró una sorprendente propensión al amor de Jesús. Este amor será el corazón de la obra teológica y literaria de Teresa, la búsqueda de la santidad en los pequeños gestos cotidianos, incluso los aparentemente más insignificantes, pero que se vuelven inmensos si se realizan en nombre del amor a Dios.
Ningún acto de heroísmo, ninguna acción excesiva. Santa Teresa seguía lo que ella misma había llamado la “pequeña vía“. En su sentirse pequeña e inadecuada, en la conciencia diaria de sus propios límites, ella se dio cuenta de la enormidad del amor de Dios, al que sólo podemos confiar como niños, en absoluta confianza e inocencia. Cuanto más nos sintamos pequeños ante Dios, más Él nos amará, porque Su naturaleza lo lleva a inclinarse hacia todo lo pequeño y necesitado de amor. Es por esta razón que Santa Teresa se firmaba en sus cartas agregando la denominación muy pequeña a su nombre.

Desde este punto de vista, el abandono a Dios coincide con nuestro sentirnos nada, con vivir constantemente la conciencia de nuestra pobreza, pequeñez. Esta inadecuación, esta sensación de vacío interior se llena así de la plenitud del amor de Dios. Es un concepto revolucionario, porque justifica todo defecto, toda debilidad, incluso el pecado, que de esta manera se convierten en sólo otras formas de acercar al hombre, por su naturaleza pequeño e imperfecto, a Dios.

No sólo eso, sino que quien se entrega a su propia pequeñez y deja que el amor de Dios los invada, elevándolo por encima de sus límites humanos, también arrastra a los que ama con él, en una especie de comunión de amor, un encuentro de almas que abraza a toda la iglesia, como una gran familia.

En esta alabanza a la pequeñez reside la grandeza de Santa Teresa del Niño Jesús. Pío X, que la definió como la Estrella de mi Pontificado o incluso como Mi Pequeña Santa, dijo que, aunque no había nada extraordinario en ella, precisamente su extrema sencillez era lo más extraordinario y digno de atención que distinguía su alma. Y Benedicto XVI, hablando de su obra más famosa, Historia de un alma, dijo: “Historia de un alma es una maravillosa historia de Amor, narrada con tanta autenticidad, sencillez y lozanía que el lector no puede menos de quedar fascinado ante ella”.

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Santa Teresa de Lisieux Doctora de la Iglesia

Fue Juan Pablo II en 1997 quien proclamó a Santa Teresa Doctora de la Iglesia, con motivo del centenario de su muerte. Y esto a pesar de que Teresa no pudo asistir a la universidad, ni realizar estudios regulares. Pero supo vivir su propia vocación haciendo suyo el mandamiento del amor de manera tan plena y total, viviendo en oración y comunión y dando un ejemplo incomparable. Por eso también es venerada como patrona de los misioneros, aunque nunca se le dio la oportunidad de trabajar en las misiones.

Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz mereció el título de Doctora de la Iglesia a pesar de que era solamente una mujer, que además murió joven, y a pesar de que era una contemplativa por índole y vida, ciertamente no una heroína ni una persona de acción. Pero su viaje espiritual fue tan innovador y maduro, sus escritos tan ricos en intuiciones de fe vastas y profundas, que la convirtieron en una referencia también para intelectuales y hombres de pensamiento y espíritu mucho más famosos y grandes.

Significado del nombre Teresa

El nombre Teresa deriva del griego y significa “cazadora”. Hecho famoso por Teresa de Ávila, patrona de Nápoles, y Teresa de Lisieux, pero también por la Madre Teresa de Calcuta, en tiempos más recientes, es un nombre que tiene una nota áspera y al mismo tiempo muy dulce. El onomástico cae el 15 de octubre (en memoria de Santa Teresa de Ávila), el 1 o 3 de octubre (en memoria de santa Teresa de Lisieux o del Niño Jesús).

Santa Teresa de Lisieux Novena de las rosas

La novena de las rosas de Santa Teresa del Niño Jesús está inspirada en las palabras pronunciadas por la propia Santa Teresa, quien, profetizando su propia muerte, anunció: “Después de mi muerte, haré caer una lluvia de rosas”. A menudo la iconografía nos muestra a Santa Teresa con las manos llenas de rosas, que simbolizan las gracias que dispensó en vida e incluso después de su muerte.

En 1925, un jesuita llamado Padre Putigan comenzó a recitar una novena para invocar una gracia importante y pidió a Dios como signo de benevolencia y garantía, una rosa. La obtuvo al tercer día, y con ella la gracia, y así comenzó otra novena y pidió otra rosa.

Así nació la novena milagrosa de las rosas, que hoy se practica en todo el mundo. Se puede recitar en cualquier período, pero los devotos de Santa Teresa suelen optar por recitarla del 9 al 17 de cada mes.

Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te agradezco todos los favores y gracias con que has enriquecido el alma de tu sierva Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz, Doctora de la Iglesia, durante sus veinticuatro años en esta tierra. Por sus méritos, concédeme la gracia que deseo ardientemente (aquí se formula la gracia que uno desea recibir), si se ajusta a tu santa voluntad y por el bien de mi alma.
Ayuda mi fe y mi esperanza, oh Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz. Realiza una vez más tu promesa de pasar tu cielo “para hacer el bien en la tierra”, permitiéndome recibir una rosa como signo de la gracia que deseo obtener.
Luego se recitan 24 Gloria, en acción de gracias a Dios por los dones otorgados a Teresa en los veinticuatro años de su vida terrena.

A cada Gloria le sigue una invocación:
Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz, ruega por nosotros.

Santa Teresa del Niño Jesús, que durante tu existencia terrena amaste a Dios sobre todas las cosas y te ofreciste víctima de Su amor misericordioso, ayúdame a hacer preciosos todos los momentos de mi vida, transformándolos en actos de amor verdadero.

Permíteme seguir tu camino de infancia espiritual, es decir, vivir en el espíritu de sencillez y humildad evangélicas, en total abandono a la voluntad del Señor.

Enséñame a aceptar todo sufrimiento como un regalo precioso que se da a los que más aman.

Que yo también cierre mi vida terrena repitiendo tus últimas palabras: Dios mío, te amo.